Fuente: El Heraldo de México / Manuel Rodríguez González
05 de Octubre de 2026

Europa es el espejo donde México debe examinar su futuro energético. Si el objetivo europeo es dejar atrás la subordinación del gas ruso, México debe comenzar a trazarse una meta equivalente: reducir gradualmente su dependencia estructural del gas estadounidense
Europa está demostrando que la seguridad energética es mucho más que garantizar el suministro de combustibles: es una cuestión de soberanía, autonomía económica y poder geopolítico. Tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, la Unión Europea emprendió una transformación de su mercado de gas para reducir su dependencia de Moscú, una estrategia que hoy adquiere mayor relevancia ante las interrupciones del suministro mundial provocadas por el conflicto en Medio Oriente y la tensión en el estrecho de Ormuz.
El objetivo europeo es eliminar progresivamente las importaciones de gas ruso antes de finalizar 2027. El desafío no es menor: durante décadas, Rusia fue el principal proveedor del continente. Sin embargo, la guerra modificó las prioridades estratégicas de Bruselas y aceleró la búsqueda de alternativas.
De lo anterior da cuenta el análisis de la Agencia Internacional de Energía (AIE), titulado «La eliminación progresiva del gas ruso por parte de la UE crea nuevas oportunidades de diversificación para Europa Central y Oriental», elaborado por Gergely Molnar. En este estudio se señala que la participación del gas ruso en la demanda europea cayó de casi el 40% en 2021 a alrededor del 10% en 2025. De manera paralela, el gas natural licuado (GNL) aumentó su participación en el mercado europeo del 20% a casi el 45 por ciento.
En este viraje estratégico, la pieza central es la ampliación del GNL. De acuerdo con estimaciones de la AIE, Estados Unidos y Qatar concentrarían el 70% de dicha expansión, la cual registraría para 2030 cerca de 350 mil millones de metros cúbicos anuales de nueva capacidad mundial de exportación.
La experiencia europea representa una advertencia para México. Si bien las circunstancias geográficas y políticas son distintas, ambos comparten una vulnerabilidad estructural: depender de un solo proveedor externo para sostener una parte fundamental de su sistema energético.
En 2021, el 60% del suministro europeo dependía del gas ruso. México, por su parte, ha profundizado su dependencia del gas estadounidense, el cual utiliza para generar más del 60% de su electricidad. Esta relación ha ofrecido ventajas económicas evidentes: el abundante gas de esquisto estadounidense ha permitido disponer de un combustible relativamente barato y sostener la generación eléctrica. Sin embargo, también expone al país a decisiones regulatorias de Washington, interrupciones en los gasoductos, fenómenos climáticos extremos y tensiones comerciales. La crisis energética de Texas en 2021 evidenció que una interrupción al norte de la frontera repercute directamente en el suministro eléctrico mexicano.
Europa es el espejo donde México debe examinar su futuro energético. Si el objetivo europeo es dejar atrás la subordinación del gas ruso, México debe comenzar a trazarse una meta equivalente: reducir gradualmente su dependencia estructural del gas estadounidense. No se trata de romper la integración energética con nuestro principal socio comercial, sino de evaluar responsablemente el aprovechamiento de los recursos no convencionales del país, fortalecer la infraestructura de almacenamiento y transporte, diversificar proveedores, acelerar la eficiencia energética y detonar el uso de energías renovables.
EEZ
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